Sin duda: el deporte salvó mi vida.
Se cree que en un momento de nuestra andadura, cuando el camino se vuelve
hostil y complicado, necesitamos a una persona. Un individuo al que
nombremos “salvador” de nuestro desastre, que haga que la luz vuelva a
aparecer de entre los grises nubarrones que sobrevuelen nuestro techo. Yo nunca
he creído en tal cosa. Para mí, el deporte ha sido quien me ha “salvado”. Toda
mi vida ha sido mi válvula de escape. ¿Lo mejor de todo? Que siempre es “entre
el deporte y yo”. Nadie más tiene que intervenir. Es, por tanto, una de las
relaciones más estables de mi vida.